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Augusto Castaño

Augusto Castaño Vertical

Cuando tenía 12 años, mi abuela Leila Lucila Santos, la madre de mi madre, enfermó gravemente de cáncer de pulmón. Ella era era profesora y directora de un colegio secundario en una pequeña localidad llamada EL SIMBOL.

Esta época de mi vida fue, tal vez, el tiempo más difícil de atravesar durante mi infancia debido a estas circunstancias. 

Un día, mientras mi abuela descansaba en el hospital y con angustia de verla agotada con su tratamiento oncológico, mi madre, Patricia Cevilán, me preguntó: “¿Hijo quieres salir a caminar un poco afuera? Creo que nos hará bien a los dos. Una vez fuera del hospital, sin yo saberlo, mi madre me tomó de la mano y me dijo, ven conmigo, quiero que veas algo.

Llegamos y entramos a lo que parecía un gimnasio escolar inmenso, había mucha gente sentada, luces, música y adolescentes ruidosos. Mi madre me dijo: ¡Ven hijo, vamos a sentarnos aquí! Y, a los breves minutos, vi unos niños y adolescentes bailando.

Yo no sabía lo que estaba pasando, fue la primera vez que escuché “LiberTango” de Piazzolla, mientras estos adolescentes y niños bailaban. Estos jóvenes me cautivaron, me sentía confundido, me sentía extrañamente feliz, extrañamente pleno, y extrañamente triste. ¡Sentía todo al mismo tiempo! Recuerdo qué sentía; me sentía y sentía la música.

Esa experiencia me cambió la vida. Mi madre que intuitivamente buscaba reconfortarme me hizo el regalo más grande que pude recibir hasta ahora: le dio sentido a mi vida.

Por tanto, con el tango le di a mi cuerpo canal, conducción, expresión; me permito sentir, explorarme; me permito existir en plenitud. Es mi meditación.

Desde entonces es que bailo y comparto lo que siento por esta danza. Comparto con mis alumnos la libertad de ser humano, de experimentar la presencia y confiar en esa presencia.

Confiar en mi movimiento ha desarrollado más cualidades en mi ser que cualquier otra actividad que pude realizar. Es por eso que, desde entonces, comparto mi experiencia con el Tango.

Alexis Alvarado

Alexis Alvarado Vertical

Mi historia con el arte comienza en mi niñez, tenía mucha timidez para relacionarme con otras personas, así que el dibujo me proporcionó un buen refugio, y poco a poco se transformó en una pasión. Con el dibujo aprendí a ser observador de las líneas, las formas, y dejando que ellas estimularan mi imaginación para crear.

Posteriormente, con el tiempo, mi madre Fabiana me inscribió para estudiar en un colegio de Artes, donde me sentí pleno de poder profundizar en diferentes técnicas hasta completar la carrera de profesor de Artes Plásticas. Lo más importante es que mis padres me han apoyado siempre, tuve mucha suerte en ese aspecto por lo que les estoy muy agradecido.

Durante mis estudios de la carrera de artes, me sentí atraído por el sonido del violín, particularmente; y, a consecuencia de eso, me inscribí para formar parte de una Tecnicatura en la Escuela Superior de Música. De esta manera, la música empezó a complementar mi pasión por el arte. Al mismo tiempo que realizaba estas dos actividades, comencé con mis primeros pasos en el tango a mis 16 años.

Recuerdo que vi bailar en televisión unos bailarines y escuchar una pieza musical de Piazzolla, por ejemplo. Sin duda, con esa imagen y emoción en mi cuerpo-mente sentí el deseo natural de querer aprender. En consecuencia, esta imagen me conecto profundamente a mis abuelos que eran muy fanáticos del Tango, es decir, siempre se escuchaba Tango en la casa de mi abuela paterna.

Para mí, lo más importante de todo es que el tango fue la experiencia más fundamental que cambió mi vida llevándome a conocer el ballet clásico, la danza contemporánea, el teatro y otras experiencias de la mano de mi familia y  los amigos. Pero sobre todo la danza me llevo a conectarme conmigo y con ese niño interno que quería ser visto y escuchado.

El tango ha sido mi obsesión, bailaba en mi mente e imaginaba como bailaría las letras de los tangos. Todos los días escuchaba Tango y la FM de tango de mi ciudad antes de dormir todas las noches. Por otro lado, me sentía un poco extraño en comparación con otros jóvenes de mi generación que escuchaban otro tipo de música, pero yo no podía parar de escuchar Tango con 16 años.

En consecuencia, lentamente, me aprendí los nombres de las orquestas, sus cantores, y las letras. En esa época Llevaba mis cd´s, por ejemplo, a las reuniones con amigos del tango con los que nos juntábamos a bailar y practicar. Gracias a esto aprendí con mucho placer.

Estoy muy agradecido a los maestros que me acompañaron. En primer lugar, Augusto, mi gran maestro que me ayudo de las mil maneras para salir de mi zona de confort. En segundo lugar,  mi primer profesor José, que me enseñó a respetar y amar el tango con sus códigos y tradiciones. En tercer lugar, mi maestra de ballet Teresa Nader, la que me ayudó a desarrollar mi fuerza y me enseñó las líneas de la danza para darle volumen a mi tango.

Por otro lado, mi hermana Mayra que tiene un capítulo aparte. Gracias a ella y su acompañamiento en mis primeras clases de tango, aprendí a confiar más en mí.

Junto a mi hermana empezamos a bailar con Augusto y formamos una hermosa energía de creación y evolución constante. Hace más de 8 años que seguimos construyendo sueños y ayudando a mucha gente a ser libres con la danza, a través de nuestra propia experiencia. Para ello, usamos el Tango, como instrumento para ayudar a nuestros alumnos a expandir el amor interno y la confianza.

Ahora lo que hago es buscar profundidad en cada movimiento, y expresarme de la manera más sincera y honesta posible.

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